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El cóndor y todo lo que vive en San Fernando
Conoce la historia de Erika Ajalcriña, Guardaparque de la Reserva Nacional San Fernando.
Hay especies que uno observa y que, de alguna manera, cambian la forma de mirar el lugar que tiene delante.
Para mí, el cóndor es una de ellas.
Poder observarlo en su hábitat, conocer un poco más sobre su comportamiento y entender la importancia ecológica y cultural que tiene me hizo valorar de otra manera el trabajo de conservación que hacemos en la Reserva Nacional San Fernando. Frente a un cóndor en libertad, la idea de proteger un territorio deja de ser algo abstracto. Se vuelve concreta.
El monitoreo de esta especie ha sido una de las experiencias que más me ha motivado. También lo ha sido el seguimiento del pingüino de Humboldt. Estar cerca de estas especies, observarlas y aprender sobre ellas me ha permitido comprender cuánto depende su supervivencia de que sus hábitats se mantengan saludables.
Y esa es una de las principales lecciones que me ha dejado el trabajo en San Fernando: cuando protegemos un ecosistema, estamos protegiendo mucho más que a una especie.
En la Reserva, todos compartimos ese objetivo. Desde la jefatura hasta los guardaparques, cada uno aporta desde sus propias funciones para conservar la biodiversidad y los ecosistemas que hacen único este lugar. Nuestro trabajo puede ser diferente, pero el propósito es el mismo: que las especies y los paisajes de San Fernando puedan mantenerse para las futuras generaciones.
Con el tiempo también he aprendido a mirar la Reserva desde otra perspectiva. Un ecosistema saludable no beneficia únicamente a la flora y fauna que vemos durante nuestros recorridos. También sostiene servicios de los que dependen las personas que viven cerca del área.
La conservación contribuye a mantener la biodiversidad, aporta a la pesca, protege el paisaje y ayuda a sostener actividades que necesitan de un ambiente sano. Entender esa conexión me hizo comprender que proteger San Fernando también significa contribuir al bienestar de sus comunidades cercanas.
Quizá por eso otra experiencia que me marcó fue conocer a las aves playeras migratorias.
Son aves que pueden parecer pequeñas frente a la inmensidad del paisaje, pero su presencia cuenta una historia mucho más grande. Viajan enormes distancias y dependen de distintos lugares a lo largo de su recorrido. Proteger un espacio como San Fernando significa, entonces, contribuir a que esos procesos ecológicos puedan continuar mucho más allá de los límites de la Reserva.
Ahí entendí algo que hoy tengo muy presente: cada especie cumple un papel, por pequeña que parezca, y conservar un área natural también es cuidar las conexiones que existen entre distintos ecosistemas del planeta.
Cuando pienso en el futuro de San Fernando, quisiera encontrar una Reserva donde las poblaciones de fauna se mantengan saludables y, por qué no, aumenten. Me gustaría seguir viendo cóndores, pingüinos de Humboldt, lobos marinos y guanacos en un territorio que conserve las condiciones necesarias para que puedan vivir.
También quisiera que las comunidades y quienes visitan la Reserva conozcan cada vez más ese valor. Que puedan disfrutar de sus paisajes y de su biodiversidad, pero entendiendo también la responsabilidad que implica conservarlos.
Y, sobre todo, quisiera que las nuevas generaciones puedan conocer San Fernando como lo conocemos hoy: como un lugar donde todavía es posible detenerse a observar un cóndor en su hábitat, encontrar un pingüino de Humboldt o descubrir entre las playas a una pequeña ave que ha recorrido miles de kilómetros para llegar hasta aquí.
Porque cada uno de esos encuentros es un recordatorio de algo que he aprendido en el campo: cuando protegemos San Fernando, estamos cuidando una parte de una historia mucho más grande que nosotros.
© Yawar Films/WWF-Perú