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	© WWF / Dado Galdieri

La puertas al infierno

 En junio de 2011, Gretchen Lyons, escritora de WWF, visitó el sureste peruano para comprender las amenazas y oportunidades para la conservación en la Amazonía. La minería aurífera es una de esas amenazas.
La alarma sonó a las 3:30 am. Una vez más. A las 4:00 partimos de Puerto Maldonado, una ciudad que me recuerda un adolescente, con desarrollo prematuro, piel ligeramente grasa y manchas, a veces se comportaba bien, otras escandaloso o malhumorado. Esta es la capital de la región Madre de Dios en el Perú, donde los turistas en pantalones de secado rápido salen a explorar la selva y millonarios analfabetos venden motas y pepitas de oro, las cuales consiguieron arrancar de la tierra.

Madre de Dios es un crisol donde fuerzas muy fuertes y contradictorias están colisionando, trayendo consecuencias inciertas e inevitables para la gente de la región, vida silvestre y paisajes. Es hogar para el 45% de áreas protegidas peruanas, incluyendo los emblemáticos parques nacionales Alto Purús y Manu, y 60% de sus concesiones ecoturísticas. También es hogar para un estimado de 40 000 mineros, de los cuales la gran mayoría trabajan ilegalmente. Esto quiere decir que no están comprometidos con las regulaciones ambientales, ni gozan de alguna protección social.

Esta atmósfera de “todo vale” es impulsada por un mercado aurífero mundial que parece no tener límites. La onza que se comercializó por US$600 en 2006 había doblado su precio a US$1,200 en 2010 e iba en camino a los US$1,600 en julio 2011. Supongo que es difícil mantener la cordura cuando parece que hay dinero al alcance de tus manos enterrado bajo el suelo que pisas. Cuanto más nos aproximábamos a nuestro destino, el pueblo minero Huepetuhe, se volvían más visibles los síntomas de la epidémica fiebre por el oro.

Por el camino, conducimos a través de un barrio pobre que había surgido recientemente a ambos lados de la carretera. “Las puertas del infierno”, comentó nuestro avezado fotógrafo. Siempre al acecho de una buena historia, preguntó si podíamos detenernos y echar un vistazo. “No. Cuatro personas fueron asesinadas ahí el mes pasado”, respondió el conductor. Continuamos nuestro camino. 
 
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El paisaje desolado, desnudo de Huepetuhe rompe las nociones románticas de la exhuberante selva amazónica.
 
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Farmer Pedro Racua crosses the Interoceanic Highway with his bull near La Novia, Peru.
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 La ganadería en la Amazonia es notoriamente ineficiente, con extensas franjas de bosque cortado para pastar rebaños pequeños.

 La triple amenaza: vacas, árboles y oro

Después de esa entrada, el camino se volvió más rural. Pasamos hectárea tras hectárea de pastizales vacíos. “¿Dónde están las vacas?” pregunté. “Probablemente muertas por beber ‘el agua metálica’”, dijo sin expresión el conductor, refiriéndose al mercurio usado en la minería aurífera, el cual se vierte directo en los ríos luego de su uso.

En realidad, las vacas tan solo estaban dispersas sobre vastas franjas de tierra. La ganadería en esta parte de Perú es expansiva e ineficiente. La pobreza del suelo selvático no abastece forrajes muy nutritivos; por lo que cada cabeza necesita una hectárea o más de pastizal para pastar. Ver la deforestación causada por la agricultura, nos dio una clara perspectiva. Mientras nosotros íbamos a aprender sobre el azote agresivo y relativamente nuevo de la minería, los bosques de Madre de Dios ya estaban enfrentando las amenazas “crónicas” de la tala y agricultura.

Todo lo que brilla…

Es difícil sentir alivio al llegar a Huepetuhe. Las pistas lodosas llevan solamente a dos direcciones; a las minas o lejos de ellas. En el intermedio hay pollerías, talleres de mecánica, duchas y servicios higiénicos públicos.

Pero aún así, el viaje había sido largo y duro - probablemente se mejoró muy poco desde que los primeros pioneros establecieron esta minería de avanzada hace algunos 30 años - por lo que fue bueno salir del vehículo.

Empezamos nuestra visita con una breve conversación con el alcalde. Basta con decir que uno debe estar un algo loco para querer tratar de gobernar Huepetuhe. Aún así, estuve muy agradecida por su sabio consejo: “Por supuesto que puede hablar con la gente y tomar fotos. Tan solo no diga una palabra sobre el ambiente”.

No resulta sorprendente que los mineros tengan una relación agresiva con el Ministerio del Ambiente. “No queremos ningún informe que traiga al Estado sobre nuestras cabezas”, nos dijo un minero, una amenaza muy poco disimulada expedida durante un aluvión de preguntas sobre nuestro propósito e intenciones. En otras palabras, nada que agregue urgencia ni apoyo nacional e internacional para las regulaciones que tan dramáticamente faltan.

Sin embargo, en una conversación más calmada con dos hermanas quienes estaban lavando su ropa y cuidando a sus hijos mientras estos jugaban en una de las lagunas formadas por relaves mineros, no necesitamos abordar con rodeos el tema ambiental. Las mujeres son dos de las poco comunes residentes de toda la vida de Huepetuhe y son testigos de múltiples cambios. “Todo esto solía ser bosque antes de que vengan las grandes máquinas. Ahora son las únicas que pueden obtener el oro. Ponemos pantallas en el río para atrapar lo que se les escapa. Si tenemos suerte podríamos obtener un gramo al día. “Si pudiese cambiar algo sería que las grandes máquinas se vayan. Pero eso no sucederá. Cada día vienen más” dijo una de ellas.

Hacer que la minería pague

Este es el tema recurrente cuando se habla de la minería en Perú: No se irá. 

La minería se alimenta de las esperanzas de los pobres. Cada día, más gente abandona sus tradicionales oficios con esperanza de encontrar fortuna bajo el suelo. ¿Se puede obligar a la industria a pagar por sus aspiraciones a cambio?

Avanzamos, dejamos Huepetuhe atrás y cruzamos el río Inambarí mientras el sol comenzaba a ponerse, nos detuvimos a conversar con bastantes mineros “artesanales”. Este curioso y poco apropiado nombre llevaría a pensar que el trabajo hecho a mano no es dañino para el ambiente. Estaría equivocado. El nivel de destrucción es menor al de los grandes centros mineros, pero las riberas siguen siendo deforestadas, la tierra excavada y arrastrada al río, los químicos tóxicos siguen siendo usados y desechados sin precaución. Multiplique esto por miles y miles de manos en la labor, y se vuelve evidente que las grandes máquinas no son la única amenaza para la selva.

Los hombres que conocimos en la ribera tienen aún que alcanzar la riqueza. Sin embargo, si los recursos auríferos fueran apropiadamente gestionados, no necesitarían lavar grava para beneficiarse. Si fuera formalizada, la industria minera financiaría escuelas, hospitales, carreteras y la policía. Pero la realidad es otra, solamente una fracción del oro extraído es certificada y paga impuestos. El alcalde de Huepetuhe lamenta que a quien sea que rete el sistema se le llame “enemigo de los mineros” y es muy probable que pierda su oficina, como mínimo.

A pesar de la oposición, individuos y grupos valientes están trabajando en cambiar las reglas de juego. Esta es la única manera de salvar a la gente y ríos de ser envenenados con mercurio, de proteger los bosques que regulan nuestro clima y de convertir los recursos naturales peruanos en la base para una economía próspera y verde.
 
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Los niños de Huepetuhe se bañan y jugar en el agua que se escurre de las minas de oro.
 
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 El oro en polvo brilla desde el barro oscuro recogido de las orillas del río Inambari, en el corazón de la Amazonía peruana.
 
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Minero independiente Franco Michael, aún quiere hacerse rico en Madre de Dios.