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Serie ¿Adónde fue a parar Rio 92? ¿Adónde va Rio+20?

 Embajador Flávio Miragaia Perri

 Embajador Flávio Miragaia Perri

Brasil recibe la conferencia de Rio+20 con el estatus de «potencia de la biodiversidad». Obviamente, esa imagen está relacionada con su riqueza natural (distribuida en seis biomas) y la exuberancia de sus paisajes. Pero, más allá de lo que alberga su extenso territorio nacional, el título de «potencia» se refiere a su capacidad de preservar los recursos naturales.

Ese reconocimiento no ha caído del cielo, sino que se viene construyendo desde hace décadas, en parte debido al gran esfuerzo de la diplomacia brasileña para confirmar su soberanía y al mismo tiempo mostrar a los demás países que es una «potencia» porque conoce los bosques, dispone de un amplio marco jurídico de protección y porque el Estado y la sociedad actúan a favor del uso sostenible del medio ambiente.

El embajador Flávio Miragaia Perri, actualmente jubilado, fue uno de los diplomáticos brasileños que trabajaron directamente en la hábil construcción de ese estatus. Para ello fue fundamental la celebración de Rio-92, en la que este diplomático se desempeñó como secretario ejecutivo del grupo de trabajo nacional que organizó la conferencia.

Además, Perri fue presidente del IBAMA (Instituto Brasileño de Medio Ambiente y de los Recursos Naturales) y secretario nacional de Medio Ambiente (inmediatamente después de Rio+92) y trabajó como secretario de Medio Ambiente del estado de Rio de Janeiro. En esta entrevista, realizada por escrito, el diplomático cuenta cómo fue la organización de aquella conferencia y valora las perspectivas respecto a Rio+20.

¿Qué hacía usted cuando se celebró Rio-92? ¿Recuerda algún episodio especial que marcara aquella conferencia?

Viví la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, de 1992, mucho antes de ser nombrado secretario ejecutivo del Grupo de Trabajo Nacional encargado de organizarla. Los años anteriores fui ministro plenipotenciario en la misión de Brasil ante las Naciones Unidas y el asunto de la celebración de una conferencia de alto nivel estaba presente en el foro de la ONU desde la presentación del Informe Brundtland, de 1987. Brasil se encontró bajo el fuego cruzado de las campañas ambientalistas internacionales, que se centraban en la Amazonia y el estado de ese inmenso bosque, buena parte del cual es territorio brasileño. La convocatoria de la conferencia de Rio-92 —como se denominó posteriormente a esa histórica reunión de 107 jefes de Estado y delegados de todos los países miembros de las Naciones Unidas— me marcó profundamente, pues toda la disputa en las sesiones de la Asamblea General antes de la elección de Rio de Janeiro como sede, implicó un intenso trabajo diplomático por parte de nuestro equipo. Era secretario general de Relaciones Exteriores el embajador Paulo Tarso Flexa de Lima y jefe de misión ante la ONU el embajador Paulo Nogueira Batista, dos grandes nombres en el Ministerio de Relaciones Exteriores que guiaron nuestra actuación en este caso. La decisión de proponer a Rio de Janeiro como sede fue un gran momento para Brasil, pues se convirtió en el verdadero marco para una profunda revisión de políticas y de instituciones internas que se ocuparan del medio ambiente en nuestro país.

¿qué países tuvieron una participación más destacada en Rio-92? ¿Cómo fue la participación de los países de América Latina?

No participé en la delegación brasileña como negociador; sin embargo, tuve acceso a las negociaciones porque estuve al mando de la infraestructura que dio apoyo a la delegación y, desde esa posición privilegiada, pude contemplar la evolución de los hechos desde dentro. Sin género de dudas, Brasil tuvo una actuación destacada, algo que queda patente al citar el nombre de algunos de los negociadores: Celso Lafer, Marcos Castriotode de Azambuja, Ronaldo Sardemberg, Bernardo Pericás, Rubens Ricúpero, Luiz Augusto de Araújo Castro y otros muchos, que fueron hábiles y creativos delegados de Brasil, tanto en la promoción como en la defensa de los intereses brasileños. Fueron importantes muchos países, pero no hay duda de que los países nórdicos vinieron bien preparados, aunque con una preocupación casi académica en sus posiciones, pero trajeron el bagaje de la Conferencia de Estocolmo de 1972. La función coordinadora de la OCDE tuvo una importancia singular, y entre sus miembros tuvo un papel destacado la delegación norteamericana, en parte por sus posiciones más conservadoras; y los países de Europa occidental, entre los que destacaban la Alemania recién unificada, Reino Unido y Francia. Entre los países latinoamericanos hay que recordar a los países amazónicos, reunidos bajo el Tratado de Cooperación Amazónica [Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela], que en aquel momento tenían intereses comunes que defender. Costa Rica, Chile y Argentina contaban con negociadores experimentados y diplomacia activa en las Naciones Unidas.

¿Cuál fue el principal legado de la conferencia de Rio-92?

La Declaración de Rio es un documento excepcional en cuanto a la precisión de los conceptos. Sus 27 «principios» consolidaron el concepto de desarrollo sostenible. Entre ellos cabe destacar el principio más candente por la dimensión ética y económica que implica, el «Principio Cinco», que establecía que

«Todos los Estados y todas las personas deberán cooperar en la tarea esencial de erradicar la pobreza como requisito indispensable del desarrollo sostenible con el fin de reducir las disparidades en los niveles de vida y responder mejor a las necesidades de la mayoría de los pueblos del mundo.»

De él se derivan la lucha contra el hambre y los esfuerzos de formular un «Derecho a la alimentación», como significativa evolución jurídico-política, años después. Brasil tiene una historia loable de avances en ese sentido y ha servido de parámetro para programas de muchos países en desarrollo, especialmente africanos y centroamericanos.

El Convenio sobre la Diversidad Biológica y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático fueron pasos importantes en el camino de la protección ambiental. El Protocolo de Kioto, como subproducto de la Convención del Clima, no siguió una evolución satisfactoria debido a la no adhesión universal, con Estados Unidos encabezando la resistencia contra el protocolo y el control de las emisiones que preveía, los compromisos para reducir las emisiones de gases que agravan el efecto invernadero, causa antropogénica del calentamiento global. La última conferencia de las partes no logró establecer la continuidad de los compromisos que vencerían en 2012, pero previó una reanudación de las negociaciones, con objetivos de reducción y control de emisiones obligatorias en el plazo oportuno.

El Programa 21 fue el documento más completo producido en Rio-92, y supuso un programa de acción y un método de trabajo para alcanzar el ideal del desarrollo sostenible. El programa 21 no se desarrollo ni aplicó universalmente, pero es sin duda el repositorio más completo de métodos de protección ambiental, justicia social y eficiencia económica en el contexto de la necesaria y consciente participación de la ciudadanía.

Su política económica y social abarca a la política internacional y las políticas nacionales para aplicar el nuevo concepto del desarrollo sostenible, especialmente en los países en desarrollo, con respecto a las estrategias para combatir la miseria, a tiempo que la participación de países desarrollados y en desarrollo conlleva cambios en los patrones de producción y consumo. Son significativas las sugerencias referentes a la salud pública y a la calidad de los asentamientos humanos. En mi opinión, un aspecto de espinosa actualidad son los límites del planeta que, aunque no se tratan en esos términos, sí que aparecen por ejemplo en las interrelaciones entre sostenibilidad y dinámica demográfica.

El equilibrio de intereses entre el planeta y el desarrollo, que busca el concepto de desarrollo sostenible, se aborda en el Programa 21 desde distintas perspectivas: protección de la atmósfera, transición energética, manejo del suelo, recursos marinos, gestión de los recursos hídricos, lucha contra la deforestación, desertificación, diversidad biológica, valor de la educación, etc.

El documento no pasa por alto las acciones propuestas, la importancia de los mecanismos financieros y la producción y oferta de tecnologías como soportes esenciales para la gestión de la sostenibilidad; y el desarrollo de la ciencia, la educación y la cultura como elementos básicos en la construcción de una conciencia ambiental. También hace referencia, bajo el enfoque de las revisiones institucionales internacionales y nacionales necesarias para conseguir un desarrollo sostenible, a la capacitación de personal para una gestión eficiente y lo que hoy denominamos gobernabilidad.

Objeto de críticas por su baja operacionalidad, el Consejo para el Desarrollo Sostenible (CDS) fue un producto sensible del Programa 21, pero mal insertado en el sistema de las Naciones Unidas y sin los poderes de coordinación que se esperaban de él.

Por último, la diferencia más importante entre 1992 y 2012 es la participación cada vez más importante de la ciudadanía en ese debate, la consciencia de la importancia del diálogo, con internet al frente entre los medios de comunicación. En 1992, a pesar de la importancia de la participación de las organizaciones de la sociedad civil, reunidas en un encuentro paralelo a la reunión intergubernamental, no se sentía aún con precisión la firmeza del interés de los ciudadanos y de la sociedad. Hoy en día la sociedad civil tiene un papel relevante, digno de importancia y consideración. La Conferencia de Rio+20 se celebra en Rio de Janeiro, pero participará el mundo entero de manera virtual y simultánea.

Entre las resoluciones de la conferencia, ¿hay algún ámbito en que no se hayan registrado avances?

No soy pesimista sobre los avances, pero creo que serán lentos a nivel internacional. Me cuesta más entenderlos en los planes nacionales, porque las palancas del poder están en manos de gobiernos como instrumentos de acción política, económica y social dentro de los estados.

Sin embargo, el proceso político no es lineal. La relación entre Estados sigue un ritual de respeto al principio de soberanía, lo cual exige tiempo. Los gobiernos representan la voluntad de los ciudadanos según los modelos jurídicos nacionales, los consensos democráticos donde se practica la democracia, la identificación de intereses, etc. Ellos tienen el poder para determinar el marco jurídico-político interno y naturalmente pueden ser más eficaces.

En cuanto a que no se hayan hecho realidad muchas de las expectativas creadas en 1992, no podemos ignorar los intereses establecidos y su oposición a los cambios. Existen fuertes resistencias al cambio, tanto a nivel nacional como internacional, hay distintos niveles de desarrollo, muchos desequilibrios, arraigadas convicciones ideológicas y diferencias culturales que impiden la comprensión y el progreso.
Tenemos que romper la inercia. Y los momentos de crisis, como a la que asistimos hoy en día en el hemisferio norte, a ambos lados del Atlántico, ofrecen una oportunidad para el cambio. En ese sentido, la conferencia de Rio+20 puede ser propicia para la creación.

¿Cuál debería ser el principal resultado de Rio+20?


La conciencia de la crisis planetaria del desarrollo, en el modelo que hemos venido adoptando, es la oportunidad que ofrece esta gran conferencia. Se trata de tener valor para constatar que todavía estamos a tiempo de revisar los paradigmas económicos, sociales y políticos que han orientado la acción humana sobre el planeta, cuyos límites son agotables.

Aplico aquí la máxima de la urgencia de «cambiar para conservar» del Gattopardo de Lampeduza. Tenemos que cambiar para que la economía y el planeta sean sostenibles, así como la humanidad que tiene en él su único ecosistema.

¿Qué opinión le merece el texto de base de Rio+20?

El texto de base no es un documento que se deba criticar ni condenar. Se trata simplemente de un borrador preparado por la Secretaría a partir de más de 600 aportaciones de diversas fuentes. Corresponde a los Estados cambiarlo o incluso ignorarlo.

Como compilación, no alcanza el objetivo deseado, que sería su capacidad para influir, por falta de impacto. En cualquier caso, sí que diría que carece de foco. En realidad, repite temas y sugerencias que ya se trataron de manera exhaustiva en documentos más antiguos y de mayor calidad. Y creo que no necesitamos un texto que emule a otros textos y se presente con dos centenas de páginas, sin un eje central.

Para ese conjunto de reivindicaciones por sectores, que es como yo defino el texto de base, no sería necesario un nuevo documento, sino que bastaría con reforzar el valor del ya ampliamente estudiado y bien formulado Programa 21, que aborda todos los temas, se ocupa de todos los sectores, sugiere métodos de trabajo, apunta líneas de acción y ya existe.

Por otro lado, la Declaración de Rio, la Declaración del Milenio y sus ocho puntos centrales y sus valores y principios se han afirmado exhaustivamente, aunque no todos los han aplicado.

La Conferencia de Rio+20 tiene que ser visionaria. Es la oportunidad para reformular nuestra visión del mundo y del futuro. Está en manos de los líderes mundiales que se darán cita en Rio en junio actuar como estadistas y señalar las equivocaciones y errores de los modelos actualmente adoptados de organización económica, de orden y de prioridades sociales, de cuidado con los bienes de la naturaleza, que son, por definición, finitos.

Es hora de reconocer los límites del planeta y la necesidad de una intervención rápida para cambiar el curso de la civilización.

Visionaria en su actitud y capaz de sentar las bases para el futuro, podría actuar para alejarse de los modos impropios e injustos de organización de la riqueza en el mundo actual. Su ambición debería pasar por un necesario cambio de paradigmas, respecto a los modos de apropiación y transformación de los bienes de la naturaleza, para garantizar la supervivencia estable del planeta en el tiempo y la dignidad de la vida humana.

La Conferencia puede y debe asumir la urgencia del cambio y definir su trayectoria, ofrecer el camino para que toda la humanidad, en todas sus expresiones y estamentos, asuma su deber para con su supervivencia.

Hay que evitar a toda costa que se desgaste el concepto de sostenibilidad. Con él, por vez primera, agregamos valor al concepto de desarrollo.

¿En qué medida es viable la estructuración de la llamada «economía verde»? ¿Sería también importante una «economía azul»?

No parece oportuno introducir una frase hecha en la evolución del concepto de desarrollo sostenible. Lo que no se define bien puede dar lugar a malentendidos, separaciones y restricciones. La «economía verde» no es una categoría económica conocida y no veo de qué manera podría anunciarse como un elemento de un programa ambicioso para la conferencia de Rio+20 sin afectar a la aplicación progresiva y más eficiente del concepto de desarrollo sostenible. Por lo que se entiende de la expresión, la «economía verde» no sería en ningún caso un modelo de aplicación automática ni uniforme en todos los países. Las características de las sociedades y las instituciones difieren en cada país, y a ellas les correspondería considerar sus metas y métodos de trabajo en su proceso de desarrollo sostenible. Si tuviéramos que insertar esa expresión como elemento de este concepto, imagino que esa denominación podría significar algunas metas que formarían parte del camino. Lo importante no son los detalles, sino el conjunto que necesitamos para la supervivencia.

¿De qué forma pueden el sector empresarial y la sociedad civil contribuir a la conservación del medio ambiente y al desarrollo sostenible?

No conozco ninguna receta mágica sobre los modos de participación de cada sector para lograr el desarrollo sostenible, pero no me cabe duda de que la participación de todos será esencial para el éxito de nuestra empresa global. Tampoco dudo en afirmar que, si seguimos a este paso y en el modelo que hemos adoptado hasta hoy, naufragaremos. El planeta no podrá soportar a esta humanidad que lo desafía en la tenaz obra de depredación que venimos practicando.

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